miércoles, 20 de febrero de 2013

MUSICO

Lienzo blanco, que despide delicadeza y calidez al mismo tiempo. En el cual despuntan ciertos matices rosados en las mejillas y unos ojos verdes manchados por la inexperiencia. Una silueta descansa en la fina arena mientras se funde con la dulce melodía que envuelve su piel. La cual acaricia su cuerpo inexplorado, desde la punta de sus dedos hasta sus lascivos labios impregnados de sensualidad y carmín. Un hilo de humo blanco se desliza entre una sonrisa tímida mezclándose con el tierno rumor de las olas, acompañado de unas dulces palabras que desvelan su delicada voz.  Unos ojos negros camuflados bajo unas grandes gafas de montura azabache contemplan la escena con cierto deseo. Sus manos asiaban una  guitarra con remaches negros que desprendía una melodía rasgada que adormecía el ambiente al son de los sentimientos. 

Lentamente ella con el rostro iluminado se situó junto a él, deslizando su mano en busca de calor. La pequeña hoguera humeante que antes se encontraba entre ellos alumbra sus movimientos seductores, matizando su silueta entallada en un vestido vaporoso de color crema. Silenciosamente aproximó sus tiernos labios al oído de la figura del solista y unas fugaces palabras como estrellas del cielo, cruzaron en el aire rompiendo la invariable melodía rasgada. Finalizando el gesto con una sonrisa pícara.

Ella comenzó a deslizarse ligera como una pluma hacia la orilla. Sus movimientos parecían danzar en una melodía armoniosa mientras la luz de la luna bañaba su piel. Con sigilo las rudas manos de él posaron la guitarra muda en la arena y se aproximó a la silueta luminosa que contemplaba el compás de las olas. Suavemente empezó a soltar los tirantes de aquel vestido a la vez que rozaba con los labios los sedosos hombros. Esos hombros inmóviles, moteados de lunares. Sin ninguna respuesta , se dispuso a ascender por el delicado cuello con una cálida caricia.
- ¿Quieres que te lleve a ver las estrellas? - Le susurró mientras recogía su cintura entre sus brazos en un osado abrazo.
El brebaje embotellado descansaba junto a la ropa llena de arena e impregnada de su olor.  El alumbre medio consumido podía contemplar esas dos esencias incompletas en el agua, que ahora estaban integras fundidas bajo el agua, ahora separadas en la superficie en ese mar de sensaciones. Las olas arropaban sus cuerpos deslizantes en la orilla mientras de su interior emanaba un ardiente placer. La piel tersa y brillante por las gotas que resbalaban por la espalda estaba siendo colmada de besos y leves mordiscos. Desde el tobillo, ascendiendo suavemente por el interior de la pierna, a la vez que esos ojos cristalinos reflejaban el éxtasis del momento.  Mientras se tornaban a la vez que un lánguido gemido floreció entre sus labios. Los brazos extendidos, arañando la arena, mordiendo la carne, el calor que despiden sus cuerpos se mezcla con los jadeos profundos provenientes del interior de su ser. Haciendo huella en la arena, dibujando formas en la piel desnuda, los cuerpos estremecidos en una espiral de disfrute, culminada en un desenfreno voraz.

Sus almas, ahora completas, naufragan en las idílicas costas del placer. Abrumadas por las sensaciones, confusas por los sentimientos, complacientes por el sueño hecho realidad.

Son las siete de la mañana y el despertador taladra mis oídos haciendo desvanecer lo que antes parecía pura realidad y ahora solo sueño. La habitación esta oscura, pero aun así al incorporarme como cada mañana, puedo ver reflejada mi silueta en los grandes espejos que cubren la pared.  Durante unos instantes, mis ojos ciegan a mi cerebro y no consigo reconocer  las figuras. Poco a poco me doy cuenta de mi aspecto. Aun sigo con esa camiseta vieja y grande de mi padre, tal es su tamaño que prescindo de pantalones a la hora de dormir. Mi pelo está revuelto, más que te costumbre, pero todo aquel que me conozca no ha de extrañarse. Noto la garganta seca, otra vez he vuelto a dormir con la boca abierta y la almohada me ha dejado en la mejilla la señal del plácido sueño sobre ella. Tanteo con la mano entre las sabanas,  en busca de mis grandes gafas negras, ya que anoche me volví a quedar dormida leyendo. Aquel libro. Ese libro que tanto me marcó, que más de cuatro veces había leído y cuan identificada me sentía con él.

Los crujidos de los muelles al levantarme no son nada con el sonido que hacen mis oxidados huesos al moverme. Avanzo lentamente, por el corto pasillo, vuelvo a ver mi reflejo en el espejo del recibidor y retiro la cortina para entrar en la cocina. Es el momento en el que me pregunto por qué tendré tantos espejos en casa, en los cuales siempre acabo mirándome. Y sobre todo me pregunto por qué aun no arreglé la maldita ventana de la cocina. Que ya estando en noviembre el frio se cuela por las rendijas de la misma y hacen que mis pies descalzos se estremezcan cada vez que piso una baldosa.

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