Lentamente
ella con el rostro iluminado se situó junto a él, deslizando su mano en busca
de calor. La pequeña hoguera humeante que antes se encontraba entre ellos
alumbra sus movimientos seductores, matizando su silueta entallada en un
vestido vaporoso de color crema. Silenciosamente aproximó sus tiernos labios al
oído de la figura del solista y unas fugaces palabras como estrellas del cielo,
cruzaron en el aire rompiendo la invariable melodía rasgada. Finalizando el
gesto con una sonrisa pícara.
Ella
comenzó a deslizarse ligera como una pluma hacia la orilla. Sus movimientos
parecían danzar en una melodía armoniosa mientras la luz de la luna bañaba su
piel. Con sigilo las rudas manos de él posaron la guitarra muda en la arena y
se aproximó a la silueta luminosa que contemplaba el compás de las olas. Suavemente
empezó a soltar los tirantes de aquel vestido a la vez que rozaba con los
labios los sedosos hombros. Esos hombros inmóviles, moteados de lunares. Sin
ninguna respuesta , se dispuso a ascender por el delicado cuello con una cálida
caricia.
-
¿Quieres que te lleve a ver las estrellas? - Le susurró mientras recogía su
cintura entre sus brazos en un osado abrazo. El brebaje embotellado descansaba junto a la ropa llena de arena e impregnada de su olor. El alumbre medio consumido podía contemplar esas dos esencias incompletas en el agua, que ahora estaban integras fundidas bajo el agua, ahora separadas en la superficie en ese mar de sensaciones. Las olas arropaban sus cuerpos deslizantes en la orilla mientras de su interior emanaba un ardiente placer. La piel tersa y brillante por las gotas que resbalaban por la espalda estaba siendo colmada de besos y leves mordiscos. Desde el tobillo, ascendiendo suavemente por el interior de la pierna, a la vez que esos ojos cristalinos reflejaban el éxtasis del momento. Mientras se tornaban a la vez que un lánguido gemido floreció entre sus labios. Los brazos extendidos, arañando la arena, mordiendo la carne, el calor que despiden sus cuerpos se mezcla con los jadeos profundos provenientes del interior de su ser. Haciendo huella en la arena, dibujando formas en la piel desnuda, los cuerpos estremecidos en una espiral de disfrute, culminada en un desenfreno voraz.
Sus
almas, ahora completas, naufragan en las idílicas costas del placer. Abrumadas
por las sensaciones, confusas por los sentimientos, complacientes por el sueño
hecho realidad.
Son las
siete de la mañana y el despertador taladra mis oídos haciendo desvanecer lo
que antes parecía pura realidad y ahora solo sueño. La habitación esta oscura,
pero aun así al incorporarme como cada mañana, puedo ver reflejada mi silueta
en los grandes espejos que cubren la pared.
Durante unos instantes, mis ojos ciegan a mi cerebro y no consigo
reconocer las figuras. Poco a poco me
doy cuenta de mi aspecto. Aun sigo con esa camiseta vieja y grande de mi padre,
tal es su tamaño que prescindo de pantalones a la hora de dormir. Mi pelo está
revuelto, más que te costumbre, pero todo aquel que me conozca no ha de
extrañarse. Noto la garganta seca, otra vez he vuelto a dormir con la boca
abierta y la almohada me ha dejado en la mejilla la señal del plácido sueño
sobre ella. Tanteo con la mano entre las sabanas, en busca de mis grandes gafas negras, ya que
anoche me volví a quedar dormida leyendo. Aquel libro. Ese libro que tanto me
marcó, que más de cuatro veces había leído y cuan identificada me sentía con
él.
Los
crujidos de los muelles al levantarme no son nada con el sonido que hacen mis
oxidados huesos al moverme. Avanzo lentamente, por el corto pasillo, vuelvo a
ver mi reflejo en el espejo del recibidor y retiro la cortina para entrar en la
cocina. Es el momento en el que me pregunto por qué tendré tantos espejos en
casa, en los cuales siempre acabo mirándome. Y sobre todo me pregunto por qué
aun no arreglé la maldita ventana de la cocina. Que ya estando en noviembre el
frio se cuela por las rendijas de la misma y hacen que mis pies descalzos se
estremezcan cada vez que piso una baldosa.