miércoles, 12 de diciembre de 2012

JAZZ


Con el cuerpo hundido en el sofá, entre cojines. Un leve aroma a vainilla, mi alma despega. La mente vuela entre el humo del cigarrillo ya consumido. Como el tiempo, voraz y sin pausa consume a las personas. Los pies fríos crujen con un ligero movimiento de tobillo. El bolígrafo baila entre los dedos invocando a la perdida inspiración que tiempo atrás acompañaba mis momentos y letras.
La sensación de paz adormila mis sentidos, un suspiro sonoro rasga el equilibrio de la estancia. Con los ojos cerrados reconozco sombras y formas abstractas que se difuminan a cada movimiento del ojo. Los aromas se acentúan y puedo reconocer el olor a libro viejo, el cual descansa sobre mi pecho.
Al incorporarme mi cuerpo se resiente. Los blandos cojines aun hacen flotar mis extremidades. Cuando abro los ojos observo una gran gama de colores que danzan a la par que mis pestañas.
Vuelvo a reconocer la habitación en la que me encuentro. Los muebles un tanto anticuados y varias velas alumbrando la estancia. Al alargar la mano recojo el tazón lleno de té. El disco ha terminado, por ello me levanto y arrastro los pies hacia una esquina del salón. Vuelvo a colocar el disco y la suave música de un saxofón comienza a invadir el aire que me rodea.
Otra vez mi cuerpo inerte sobre esa nube de plumas no articula movimiento alguno, en cambio mis pensamientos danzan al compas de esta música negra.

MUJER SOBRE PAPEL

Sobre el papel pareco fantástica: una mujer que se ocupa de su transporte, paga su cerveza e igual hasta te invita y, si resulta que surge una relación, tampoco está terriblemente pendiente de recibir regalos, viajes ni otras demostraciones de tu afecto propiamente dicho. Si os vais de viaje juntos, ella paga su parte. Si se te olvida reservar restaurante para uno de los muchos cumpleaños y aniversarios, sonreirá y te dirá que prefiere quedarse en casa. No exige arbitrariamente cosas brillantes en estuches de terciopelo azul de Tiffany's. Si ve algo que le gusta, se lo compra, y si tú insistes en regalárseli, te lo agradece, pero no lo da por descontado. Es un huerto que requiere muchísimo mantenimiento, pero es ella misma quien se encarga de contratar a los hortelanoa, por así decirlo. Me ha llevado tiempo, pero es cierto que a los hombres no les gusta esta manera de ser. A ellos les gusta la caza, la idea de que el valor de una mujer se refleja en el esfuerzo invertido para ganar una sonrisa o un beso. Un pedazo de carbono brillante adherido a un simple aro.

domingo, 19 de febrero de 2012

Sonrisas y velas.

Las ruedas del carrito chirriaban como todas las mañanas. Recorriendo el largo pasillo arrastrando los utensilios de limpieza, limpiando cada rincón del gran edificio. El timbre sonaría en menos de media hora, y cientos de zapatillas sucias de barro patearían aquel suelo reluciente. Tras tres días de luto por los dieciocho estudiantes desaparecidos a lo largo del último mes y medio, se reanudarían las clases como si nada hubiera ocurrido. Esta tarde tendré que retirar todos los carteles y velas que han puesto los alumnos del centro en honor a esos muchachos  desaparecidos. Todas las ilusiones y esperanzas de los alumnos por el regreso de sus compañeros serán tiradas a la basura con los restos de la comida de la cafetería.
                                                  * * *
Una vez más hay tormenta en el aula de química, será mejor que no haga ruido al entrar. No le gusta que nada interrumpa sus largos discursos morales.
- Y todo esto, te lo he dicho por tu bien. Para que no te desvíes del buen camino.- Concluyó al fin el profesor Arthur J.J. Miller. Geoffrey para los amigos, tomando el rumbo hacia la puerta.
- ¿Por qué tiene que  pillarme siempre a mí? – dijo ella a media voz.
Dándose la vuelta el profesor dijo:
- ¿Has dicho algo, Emma?
- No, profesor. Solo pensaba en alto…- Suspiró.
- ¿Ocurre algo señora Pinkerton?- me dijo el profesor  de ojos saltones y manos huesudas, desde el quicio de la puerta.
- Oh… No, nada. Por un momento estaba… No importa.
Por un momento me he sentido como la Nancy Pinkerton de hace veinticinco años, con sus dudas, sus miedos y sus complejos. Mientras los recuerdos de mi turbia adolescencia navegaban por mi mente Geoffrey salía del aula, seguro directamente a la máquina de café.
- Los profesores de química son siempre iguales… – le dije a la niña que recogía sus libros, acercándome a ella.
- Lo sé… Se piensa que todos somos unos genios de la física.
- Niña, ¿sabías que te pareces mucho a Sally Adams?
                                             * * *
Necesito un descanso. Mientras busco las llaves del sótano las luces del centro se van apagando. Lleva tres horas en reposo, supongo que estará a punto para colocar.
Mientras ahuecaba el cojín de la silla, la luz artificial que entraba por la ventana bañaba toda la estancia. La piel de porcelana, dura y suave a la vez reflejaba destellos fantasmales. Le coloqué el último detalle, un lazo rosa pomposo adornando su cabeza.
- Ahora Sally Adams, podremos volver a jugar juntas a las muñecas como antes. No te preocupes, el tiempo para ti ya no va a correr…
Apago las luces, el sótano queda en penumbra y un silencio mortecino invade la sala. Esta noche dormiré bien. Pensaré en la última pieza de mi puzzle, el eslabón de la cadena que terminará mi obra maestra.
Hace una mañana reluciente, debo limpiar los utensilios recubiertos de restos de cera. El maquillaje que recubre los rostros ya sin vida, pétreos e inmóviles les da un tono de vida. Pero al mismo tiempo ese frágil haz de vida es apagado por la rigidez de sus cuerpos.
Me gusta recordar cómo uno a uno han ido cayendo. El derretir de la cera, formando una obra poética y abstracta con formas caprichosas de cera fundida.
Cuando la vela se consuma y su llama se apague, un fuego diferente se avivará en mi interior.
                                                   * * *
El sol quema, allá en lo alto. El tiempo corre como si lo persiguieran. Una ovación y un grito de victoria estremecen la cancha de baloncesto. Un triunfo más para el centro, una oportunidad para seguir con el rompecabezas.
Tramo y tergiverso mis planes como una araña ansiosa por comer. Con alevosía y gracia le arrebataré a mi última inspiración ese brillo en los ojos de vida y jubilo.
Esperaré a que todos recojan, la gloria se disipe y el ambiente quede vacío. Simon Numpet, jugador y estrella del partido, cómo no, se ha quedado hasta tarde. Tanta victoria y fama le ocupan su precioso tiempo, tiempo que para él dentro de poco se detendrá.
Entro en el vestuario masculino, ya está recogiendo sus cosas y atónito me mira.
- Simon, Simon, Simon… – comencé diciendo mientras me acercaba a él.- No deberías estar aquí…
- Perdone, usted no puede entrar aquí.
- Simon, Simon… Eres demasiado especial para estar aquí tú solo… – le suspiro melódicamente, mientras empapo el pañuelo en cloroformo.
- ¿Especial? ¿Para quién?
- Para mí, Simon, para mí… – le digo mientras el pañuelo tapa su boca y le ahoga en un dulce sueño.
Está preparado, su baño va a comenzar. Su transformación de un insignificante estudiante a una pieza valiosa de mi colección va a comenzar.
Oigo pasos, las luces se encienden. No hago ruido, Simon se está despertando. No. Va a estropearlo todo. No tengo más remedio que esconderme. Sus ojos se abren y de su garganta rompen gritos y alaridos que flotan por el centro en forma de ondas destructoras de mi trabajado plan.
Aún no me han visto, pero esa sucia rata chivata me ha delatado. Salgo corriendo de mi escondite y me refugio en la sala donde esta aguardándome mi creación. Esa habitación idílica.
Intentan forzar la puerta, y cuando ya lo consiguen, me buscan con la mirada. En el primer instante es imposible, ya que sus ojos casi están salidos de sus órbitas. Esa reacción es lo que inspira mi obra. Mi clase de quinto, mi clase de hace muchos años. Mi clase con diecinueve compañeros. Mi querida Sally, con la que jugaré la eternidad. En esta habitación, el tiempo está parado en una tarde de verano en la que todos los niños de la vieja escuela de Perssey disfrutan de su último día de colegio.
Veo en su mirada asco, odio, repulsión. Tengo un sentimiento fuerte que me dice que no me quieren, que me quieren separar de mi tesoro.
Esos cuerpos fríos por fuera, pero con corazón por dentro me pertenecen. Nadie me los puede quitar. La única forma de que sigan siendo míos es que… Mientras pensaba eso, cogí una cerilla y un bidón de gasolina que había en el sótano y esparcí la gasolina por todo el cuarto. Intentaron impedírmelo, pero en el momento que la cerilla estaba prendida todo el mundo salió despavorido.
Las caras antes maquilladas y perfectas, se deformaban por momentos, debido al incesante calor. Mi tesoro pasaría a ser cenizas y escombros, pero así nadie me lo arrebataría. Intento salir, pues no soporto la agonía  en los rostros de mi colección. Me dispongo a salir cuando la cera ardiente de una de mis obras me marca quemándome una parte del rostro impidiendo que mi marcha sea inmediata.
El dolor y el humo impiden mi visión y mi movimiento. Lo único que siento es dolor. Las llamas adornan toda la habitación haciéndola inhabitable.
La luz de las ventanas es cegadora. Toda la habitación blanca desprende una sensación de pureza, además de inocencia. Solo he abierto los ojos y mi mano ya se mueve sola, buscando papel y lápiz para comenzar a escribir desenfrenadamente.
Encuentro en un cajón un cuaderno y lápiz, mi mano sin control comienza a escribir. No pienso, solo escribo.
El cuaderno es bonito, tiene la tapa rojo claro y unas letras en dorado.
                                                        * * *
- No la encontramos por ninguna parte. –Dijo la enfermera dirigiéndose al doctor, que observaba la habitación con detenimiento.
- Me lo esperaba, aun así sigan buscando.- Dijo esto mientras miraba la cama deshecha.
El doctor John Lydon era médico en el centro psiquiátrico de Perssey, su estancia en ese centro había sido corta pero productiva.
- Doctor Lydon, ¿Por qué estaba ella aquí?- preguntó la enfermera.
- La encontraron tras el incendio del instituto aturdida y herida.
- Hemos encontrado esta libreta en la ventana, Doctor.- le dijo mientras le entregaba una libreta roja claro con unas letras doradas en las que claramente se podía leer: “Nancy”.
El doctor la abrió, y en la primera página en grandes letras se distinguía claramente una frase: “Cuaderno de los sueños”. El doctor no muy extrañado comenzó a leer:
Lo que voy a contar nunca se lo he contado a nadie por temer a ser tomado por loco o por un macabro bromista. Pero te aseguro, desconocido lector que fue tan real que aún me quedan cicatrices por todo el cuerpo al recordármelo…”