Llevo tres días enganchada a un libro de apenas 400 páginas,
las cuales devoro a todas horas. Ha sido un préstamo de una amiga de clase.
Había oído maravillas de este libro que está escrito en forma de diario,
palabras dulces para un libro tan duro. Es la primera novela erótica que pasa
por mis manos y a cada palabra me arrepiento más de no haber conocido este
género antes.
La música para mí es un placer. Un orgasmo, una pequeña
muerte. Ambos llenan la vida de todo tipo de personas. Aunque no lo soy, me creo
una persona sencilla. Estos dos placeres colman mi día a día. No solo la música
en forma de canción, con instrumentos y notas. No es necesaria tanta precisión.
Puede ser igual que el sonido de la lluvia chocando contra la ventana una noche
fría o el viento colándose entre las hojas de los árboles. Lo mismo sucede con
los orgasmos. Todos lo llevamos al terreno carnal, pero no nos damos cuenta que
los pequeños placeres de la vida, como un cálido abrazo o una cerveza fresca en
una tarde calurosa nos crean una sensación, una chispa, un orgasmo.
En cuanto a los detalles minúsculos de la vida, soy fan de
sus sensaciones. Viajar en metro o en tren es una de ellas. Tanto como hundir
la mano entre granos de arroz o desempaquetar con sumo cuidado un vinilo
antiquísimo. Hoy ha resultado la mezcla perfecta. Después de tanto trabajo
durante la semana, me he dado el capricho de sentarme en el último vagón del
metro, con una cálida música acústica de guitarra y un libro. Durante media
hora no era yo. No era mi cuerpo. Solo eran mis ojos fulminando cada palabra,
mis oídos relajados con los acordes y mi mente flotando en un mar de
pensamientos. De vez en cuando mis labios participaban, tarareando una canción
de amor, que al caso no venía. Por desgracia, mi abstracción era tal que me
pase varias paradas de la mía y tuve que retroceder, esta vez sin ninguna
distracción.
Había quedado con una amiga a las cinco de la tarde, y como
no, yo llegaba tarde. Era una tarde soleada pero fría de noviembre. Yo iba
entrelazada con una bufanda negra de lana gruesa y un gorro igual con un pompón
en la punta. Parecía la oveja negra de la familia, o por lo menos que la había
esquilado. Recorrimos las abarrotadas calles, hablando de todo un poco y deteniéndonos
en cada tienda. Finalmente nos decidimos por un modesto café en una plaza
abarrotada de niños. Adoro el café, pero esta vez iba con la idea de tomar algo
distinto. Durante 10 minutos di vueltas a la carta buscando algo que me llamara
la atención. Desistí y tomé un cappuccino
con canela. La sensación de la espuma sobre la comisura de los labios me hace
recordar a los baños de espuma relajante con velas aromáticas que me daba en
casa de mis padres. Y ese olor a canela y vainilla que desprendían la cantidad
de velas que rodeaban la bañera.
Por el olor a café, las infusiones o la música de reaggue
que sonaba en el local nuestra conversación se desvió hacia el tema astral.
Compartimos experiencias, posturas de yoga, reflexiones de la vida y como no
del sexo. Una conversación fluida y agradable, que cuando nos dimos cuenta se
nos había pasado la tarde.
El yoga es algo que he practicado muy de vez en cuando. He
asistido a clases y he leído montones de libros. El mundo de la relajación, el
viaje de la mente, las sensaciones corporales, la flexibilidad de mi cuerpo.
Cosas que he ido descubriendo más bien por mi cuenta. Hay un ejercicio que
siempre he deseado hacer. El inconveniente es que me falta la pareja y la
confianza. Con una mujer es lo mismo que con un hombre. Pero con una figura masculina
puedo descubrir cosas nuevas. Este ejercicio, aunque muchos lo niegan, para mí
está cargado de erotismo. Una base sumisa, en la que el hombre se encuentra
relajado, sentado con los ojos cerrados. Ella, en este caso yo, voy diciendo
cosas relajantes y el debe de imaginárselas. Cuando el punto de relajación raya
la inconsciencia, con la yema de los dedos acaricio suavemente distintas partes
del cuerpo. La piel de él se estremece al igual que su cuerpo. No solo por los
brazos, las manos sino un leve escalofrío puede recorrer su espalda al sentir
ese sencillo roce. El clímax del ejercicio se sitúa detrás de cada caricia.
Cuando el cuerpo se pone en guardia al sentir el calor de mi piel deslizándose
por la suya y acto seguido se relaja, creando una distensión de los músculos. A
veces paz, otras excitación recorren el cuerpo de cualquiera.
He vuelto a casa en metro. Pero esta vez me he fijado bien
en no saltarme mi parada. Durante todo el viaje un chico de aproximadamente 30
años ha estado observándome mientras leía. De vez en cuando me retocaba el pelo
con la escusa de levantar la vista y cruzar miradas intensas con él. Ni un
roce, ni una sonrisa, ni una palabra, solo miradas. Dentro de mí crecía una
inquietante impresión. Todo terminó en el momento que llegó el vagón a mi
parada y tuve que apearme.
Con el libro bajo el brazo, exhalando denso vaho me dispuse
a entrar en la librería de mi calle para solicitar el mismo libro que me estoy
leyendo. Sé que suena a tontería, pero todo lo que leo me gusta poseerlo. No sé
si dentro de mucho tiempo lo volveré a leer con los mismos ojos. Estaba
cerrada. Cierta desilusión se sumó a las nimias miradas del metro. Subí a casa,
arrastrando los pies. Cuatro pisos por una escalera sombría y vieja. Dejo las
cosas sobre la cama, me recojo el pelo, me pongo mis gafas y me hundo en el sofá,
tras servirme un gran vaso de agua. El no está. Hace semanas que no se de él. Últimamente
en el amor no juego bien mis cartas. Mejor dicho nunca he tenido tales cartas.
Siempre me ha surgido de improvisto y se va tal como ha venido. Sin darme
tiempo a saber que estoy sintiendo. Mi recuerdo del amor es solo dolor, sudor y
lágrimas. Su figura es efímera, pero a veces imprescindible. El cauto siempre
sobrevive pero no me importaría robarle un beso ahora mismo. Acercar mis labios
a los suyos, sentir el aire caliente que despide su boca, que empaña parte de
los cristales de mis gafas. Pasear mi mano por su cuello, bajando por el pecho
como una pluma, hasta rodear su torso colando mis brazos por dentro de su
trenca. Que el roce de nuestros labios sea inminente, pero saborear la tensión
anterior. Un leve contacto deje una marca roja de carmín sobre sus labios.
Me gustan los retos, pero sé que es imposible. Así que me
fundo con las páginas del libro, desconecto. Mis ojos empapados de alcohol, mi
vaso lleno de lágrimas.