No soy quien crees que soy. Saber pronunciar mi nombre, pero no su significado. No sabes que oculta cada letra de ese nombre, sabes a que piel pertenece pero no lo que esta esconde. ¿De que sirve que digas mi nombre? Crees conocerme. Es más, te das el lujo de poder juzgarme, intentar adelantarte a mis acciones y mirarme de esa manera.
Tu anatomía y la mía son iguales, nuestros rasgo son diferentes y nuestra mente está totalmente polarizada. Mis ojos verdes se enfrentan a los múltiples colores de los tuyos. Mi voz es apagada muy a menudo por la intensidad de la tuya. Las ondas que genero no llegan mucho más allá de las cuatro paredes de mi habitación, en cambio las tuyas son capaces de tener eco en un campo abierto.
Los sentimientos que mi piel permite aflorar son confusos, ilimitados y poco valorados. En cambio en tu piel es diferente, están limitados, jerarquizados y clasificados. Pretendes atarme y llevarme contigo. Tus manos frías y huesudas sujetan las mías, arrastrándome hacia el caos. En un principio me tenías asiada por los hombros, pero a medida que han pasado los años he conseguido soltarme. En este momento, mis manos resbaladizas por el sudor frío de los nervios me ayuda a separarme finalmente. Quizá no llegue a soltarte nunca o quizá cuando lo consiga volveré corriendo a abrazarte.
Nuestras mentes extrapoladas es el motivo de nuestra ruptura. Tu presumes de una liberación mental, en la cual me encasillas y calificas. Pero para mi mantienes una mente infectada por pensamientos ajenos y de otras épocas. Por que ese pensamiento se exprese en un medio multimedia con un soporte plano, iluminado e inalámbrico no lo diferencia de una opinión escrita a pluma y tinta clavada en la puerta de la iglesia.
Te advierto que la ruptura no será fácil, para ti puede que sí, seguirás por tu camino secuestrando más mentes. Pero yo me sumiré en un vacío que rellenaré paulatinamente con ayuda de papel y tinta, arte y música.
No te sientas alagado por este escrito, el fracaso es lo que suponen estas palabras. No creas ahora conocerme, por que sigo oculta para ti. Los elogios hacia ti son en vano, ya que el triunfo me lo llevaré yo. De dos mundos diferentes, encerrados en la misma caja.
Es tarde para aclararte, para enfrentarme a ti y librar otra de las miles de batallas ya realizadas que solo hacen perder saliva y fuerzas. Pero aún no es tarde para presentarme. De forma educada y sosegada, querida Sociedad no soy quien crees que soy.
El post-it amarillo
miércoles, 26 de febrero de 2014
viernes, 28 de junio de 2013
UN UNIVERSO INFINITO. UNA INFINIDAD DE UNIVERSOS.
Hoy es 17 de junio y estoy en el metro porque hoy es el día
que vuelvo a casa de mis padres después de una semana estudiando. Se me hace
curioso el cambio de ritmo de vida que me supone volver a casa. Como un mundo
construido por mis propias manos se cambia por uno construido por ellos dos
juntos. Y eso me lleva a plantearme la idea de observar.
La gente que ahora mismo me rodea de diferentes sexos y
razas son un mundo. Un mundo construido por su propio esfuerzo. Los mundos se
relacionan entre sí, amistad, amor, son puentes entre estos mundos. Ya que al
odio le antecede el amor e igual con la enemistad y amistad, no puede haber un
contra sin un positivo anterior.
Un hombre con cachaba que muestra en sus ojos vidriosos un
alma cansada pero llena de experiencia. Un cuerpo tan débil para una mente tan
poderosa. Un niño pequeño aferrado al brazo de su padre, como si un guardián
fuera. Su mirada ingenua analiza cada
movimiento y recoveco del vagón, mostrando un gesto de interrogante propio de
los niños de corta edad. Una mujer engalanada, con colores llamativos, desliza con
su ajada voz en el cargado ambiente subterráneo, aduladoras palabras sobre un
cuadro nuevo en el museo. Mientras observa a una mujer joven vestida de forma
desaliñada. Con prendas aconjuntadas, que grita mientras habla por teléfono y
aprieta la mandíbula. Una pareja, una niña, una familia, un hombre solitario,
etc.
Todo esto me lleva a pensar que todas estas personas tienen
su mundo, relacionado con terceros. Pero por el mero hecho de estar ahora mismo
en el metro están relacionadas. Por el mero hecho de estar ahora mismo en el
metro , están relacionadas con mi mundo.
Mi mundo completo y vacio con ellas y sin ellas.
martes, 14 de mayo de 2013
Café. Solo café.
Suavemente el amargo néctar de color del ébano era
consumido, manteniendo su cálida esencia humeante, atrapada en una cárcel de
cerámica violeta. Los ojos de la vida, protegidos con una montura gruesa negra
la cual se empañaba a cada sorbo. Uno de los tirantes de la camiseta se
deslizaba por la suavidad del hombro. Los tristes rayos de sol de la mañana
formaban leves destellos en su rostro, mientras con los ojos cerrados intentaba
absorber cada brizna de calor exenta en su insatisfecha rutina. Un inesperado
sonido, imitando a una burbuja de aire reventando al escaparse al llegar a la
superficie del agua rompe el ritual de cada mañana. Creando una tibia sonrisa
tras el ardiente brebaje casi consumido.
***
La fría bebida danzaba en un ajado recipiente, acompasada
por una cucharilla, creando una melodía que con los movimientos de la mano
adormían el ambiente. Las latas metálicas ya vacías, descansaban en el
escritorio cubriendo gran parte de él. La oscuridad de la habitación se
desvanecía con haces de luz que se colaban por las rendijas de la persiana.
Dejando ver un caótico desorden complementado por una cama desecha y una silla
escondida bajo cientos de prendas de ropa. Un caos manifestante de una carencia
de tiempo y una ausencia de inspiración.
lunes, 15 de abril de 2013
METRO
Llevo tres días enganchada a un libro de apenas 400 páginas,
las cuales devoro a todas horas. Ha sido un préstamo de una amiga de clase.
Había oído maravillas de este libro que está escrito en forma de diario,
palabras dulces para un libro tan duro. Es la primera novela erótica que pasa
por mis manos y a cada palabra me arrepiento más de no haber conocido este
género antes.
La música para mí es un placer. Un orgasmo, una pequeña
muerte. Ambos llenan la vida de todo tipo de personas. Aunque no lo soy, me creo
una persona sencilla. Estos dos placeres colman mi día a día. No solo la música
en forma de canción, con instrumentos y notas. No es necesaria tanta precisión.
Puede ser igual que el sonido de la lluvia chocando contra la ventana una noche
fría o el viento colándose entre las hojas de los árboles. Lo mismo sucede con
los orgasmos. Todos lo llevamos al terreno carnal, pero no nos damos cuenta que
los pequeños placeres de la vida, como un cálido abrazo o una cerveza fresca en
una tarde calurosa nos crean una sensación, una chispa, un orgasmo.
En cuanto a los detalles minúsculos de la vida, soy fan de
sus sensaciones. Viajar en metro o en tren es una de ellas. Tanto como hundir
la mano entre granos de arroz o desempaquetar con sumo cuidado un vinilo
antiquísimo. Hoy ha resultado la mezcla perfecta. Después de tanto trabajo
durante la semana, me he dado el capricho de sentarme en el último vagón del
metro, con una cálida música acústica de guitarra y un libro. Durante media
hora no era yo. No era mi cuerpo. Solo eran mis ojos fulminando cada palabra,
mis oídos relajados con los acordes y mi mente flotando en un mar de
pensamientos. De vez en cuando mis labios participaban, tarareando una canción
de amor, que al caso no venía. Por desgracia, mi abstracción era tal que me
pase varias paradas de la mía y tuve que retroceder, esta vez sin ninguna
distracción.
Había quedado con una amiga a las cinco de la tarde, y como
no, yo llegaba tarde. Era una tarde soleada pero fría de noviembre. Yo iba
entrelazada con una bufanda negra de lana gruesa y un gorro igual con un pompón
en la punta. Parecía la oveja negra de la familia, o por lo menos que la había
esquilado. Recorrimos las abarrotadas calles, hablando de todo un poco y deteniéndonos
en cada tienda. Finalmente nos decidimos por un modesto café en una plaza
abarrotada de niños. Adoro el café, pero esta vez iba con la idea de tomar algo
distinto. Durante 10 minutos di vueltas a la carta buscando algo que me llamara
la atención. Desistí y tomé un cappuccino
con canela. La sensación de la espuma sobre la comisura de los labios me hace
recordar a los baños de espuma relajante con velas aromáticas que me daba en
casa de mis padres. Y ese olor a canela y vainilla que desprendían la cantidad
de velas que rodeaban la bañera.
Por el olor a café, las infusiones o la música de reaggue
que sonaba en el local nuestra conversación se desvió hacia el tema astral.
Compartimos experiencias, posturas de yoga, reflexiones de la vida y como no
del sexo. Una conversación fluida y agradable, que cuando nos dimos cuenta se
nos había pasado la tarde.
El yoga es algo que he practicado muy de vez en cuando. He
asistido a clases y he leído montones de libros. El mundo de la relajación, el
viaje de la mente, las sensaciones corporales, la flexibilidad de mi cuerpo.
Cosas que he ido descubriendo más bien por mi cuenta. Hay un ejercicio que
siempre he deseado hacer. El inconveniente es que me falta la pareja y la
confianza. Con una mujer es lo mismo que con un hombre. Pero con una figura masculina
puedo descubrir cosas nuevas. Este ejercicio, aunque muchos lo niegan, para mí
está cargado de erotismo. Una base sumisa, en la que el hombre se encuentra
relajado, sentado con los ojos cerrados. Ella, en este caso yo, voy diciendo
cosas relajantes y el debe de imaginárselas. Cuando el punto de relajación raya
la inconsciencia, con la yema de los dedos acaricio suavemente distintas partes
del cuerpo. La piel de él se estremece al igual que su cuerpo. No solo por los
brazos, las manos sino un leve escalofrío puede recorrer su espalda al sentir
ese sencillo roce. El clímax del ejercicio se sitúa detrás de cada caricia.
Cuando el cuerpo se pone en guardia al sentir el calor de mi piel deslizándose
por la suya y acto seguido se relaja, creando una distensión de los músculos. A
veces paz, otras excitación recorren el cuerpo de cualquiera.
He vuelto a casa en metro. Pero esta vez me he fijado bien
en no saltarme mi parada. Durante todo el viaje un chico de aproximadamente 30
años ha estado observándome mientras leía. De vez en cuando me retocaba el pelo
con la escusa de levantar la vista y cruzar miradas intensas con él. Ni un
roce, ni una sonrisa, ni una palabra, solo miradas. Dentro de mí crecía una
inquietante impresión. Todo terminó en el momento que llegó el vagón a mi
parada y tuve que apearme.
Con el libro bajo el brazo, exhalando denso vaho me dispuse
a entrar en la librería de mi calle para solicitar el mismo libro que me estoy
leyendo. Sé que suena a tontería, pero todo lo que leo me gusta poseerlo. No sé
si dentro de mucho tiempo lo volveré a leer con los mismos ojos. Estaba
cerrada. Cierta desilusión se sumó a las nimias miradas del metro. Subí a casa,
arrastrando los pies. Cuatro pisos por una escalera sombría y vieja. Dejo las
cosas sobre la cama, me recojo el pelo, me pongo mis gafas y me hundo en el sofá,
tras servirme un gran vaso de agua. El no está. Hace semanas que no se de él. Últimamente
en el amor no juego bien mis cartas. Mejor dicho nunca he tenido tales cartas.
Siempre me ha surgido de improvisto y se va tal como ha venido. Sin darme
tiempo a saber que estoy sintiendo. Mi recuerdo del amor es solo dolor, sudor y
lágrimas. Su figura es efímera, pero a veces imprescindible. El cauto siempre
sobrevive pero no me importaría robarle un beso ahora mismo. Acercar mis labios
a los suyos, sentir el aire caliente que despide su boca, que empaña parte de
los cristales de mis gafas. Pasear mi mano por su cuello, bajando por el pecho
como una pluma, hasta rodear su torso colando mis brazos por dentro de su
trenca. Que el roce de nuestros labios sea inminente, pero saborear la tensión
anterior. Un leve contacto deje una marca roja de carmín sobre sus labios.
Me gustan los retos, pero sé que es imposible. Así que me
fundo con las páginas del libro, desconecto. Mis ojos empapados de alcohol, mi
vaso lleno de lágrimas.
jueves, 7 de marzo de 2013
La casa vieja.
El frio del invierno envolvía cada calle, cada casa, a cada
persona. Las calles estaban repletas de gente, las casas llenas de adornos y
las personas rebosantes de fingida alegría. La casa se encontraba en una de las
calles oblicuas a una de las plazas principales. Estaba al final de una
arboleda tristona, árboles desnudos y fríos, que creaban sombras chinescas con
ayuda de las farolas. No era ni suya ni mía. Ambos andábamos algo distantes. En
ningún momento un roce descuidado se interpuso entre nosotros. Aparte de la
tensión, podía notar el horrible frío que se colaba por mi bufanda y hacía que
mi nariz enrojeciera. Casi no había palabras que decir, mentiras que desmentir
o verdades que afirmar. Era incomodo.
Al entrar un aroma a pintura golpeó mi nariz. Venia en una
ráfaga de aire caliente, creada por la chimenea encendida del interior. Era
llamativa, decorada tristemente con un par de marcos de fotos y un calcetín
colgando. Cuando me acerqué a ella, me di cuenta de que era falsa. Una pantalla
mostraba siempre la misma imagen de un fuego encendido. Pensé que era una buena
réplica, pero que preferiría una de verdad. Abstraída observando la pésima
decoración del piso me di cuenta de que él no estaba en el salón. Pasaron cinco
minutos, aunque a mí me parecieron segundos y el apareció por la puerta de la
cocina con un pack de cervezas oscuras. Yo aun no me había quitado la gran
bufanda negra, ni la larga gabardina de color beige.
Pasó al lado mío, inspirando profundamente arrancándome el
perfume que emanaba de mi piel. Posó las latas, se sentó en el suelo y comenzó
a atravesarme con la mirada. No me había movido ni un solo milímetro, no sabía
si sentarme con él, quedarme de pie, desnudarme y tumbarme en el viejo sofá, se
me pasaban múltiples opciones por la cabeza. Antes de que hiciera una locura,
el se anticipó invitándome a sentarme con él. Había elegido el mejor sitio del
salón, al menos para mí. Era un pequeño balcón con grandes ventanas que tenia
forma semicircular. Estaba adornado con grandes cortinas blancas que llegaban
hasta el suelo, y hacían que la luz que entraba por la ventana se volviera
clara y pura. A los pies de la cortina había una gran variedad de cojines,
tanto mullidos como coloridos. Una gran alfombra cubria completamente el suelo,
el tacto era agradable, hacia cosquillas en la piel, daban ganas de tumbarse y
fundirse con la textura.
Me acerqué al sofá, me quité los zapatos y la bufanda.
Desabotoné lentamente la gabardina, ya que aun mis dedos no habían recuperado
la capacidad de movimiento a causa del frio de la calle. Salió a la luz un
vestido de encaje, ceñido hasta la cintura, de un color rosa pálido. De una
apariencia transparente, mostrando detalles de mi piel, adornado con un fino
colgante dorado. Cuando me di la vuelta, esos ojos fijados antes en mi, que atravesaban
mi cuerpo, ahora estaban clavados en el vestido. Atravesando la tela.
Comenzamos a beber cerveza, mientras comentábamos los viajes
que siempre hemos querido realizar. Nuestras palabras volaron por el globo terráqueo
hasta aterrizar en una pequeña ciudad del norte de Noruega. Siempre he querido
pasar unos días en una cabaña de los bosques que colindan con el polo norte. Y
poder contemplar los colores de la aurora boreal en un paisaje nevado. Cuando
nos dimos cuenta habían pasado más de las doce de la noche y la estancia solo
estaba iluminada por una lámpara de pie al otro lado de la habitación. Ahora la
luz era cálida y difusa, que impregnaba nuestro cuerpo de ingrávidas sombras.
De repente mi cuerpo se erguió antes que mi mente
reaccionara, callando las palabras de él y creando un revelador gesto de
asombro en su rostro. Antes de que me pudiera dar cuenta estaba musitando las
palabras "quiero ver tu espalda" sin venir a cuento alguno. La razón por la que lo dije no era precisa,
pero me justifiqué alegando una anterior conversación sobre un tatuaje en su
espalda y una escalofriante cicatriz en el omóplato. Con una sonrisa
complaciente se incorporó y extendió el brazo para ayudarme a levantarme. Sin
decir nada se quitó la camiseta y pude ver el curioso tatuaje de la espalda.
Era la silueta negra de un hombre inclinado hacia atrás con la figura de una
guitarra atravesándole el pecho. Pero no era nada comparable con la
estremecedora cicatriz que le atravesaba el omóplato derecho. Deslicé la yema
de mis dedos desde la base de la nuca, serpenteando por la columna vertebral.
Volví a subir suavemente, para terminar rozando la enorme cicatriz.
Instintivamente mis labios besaron su hombro, dejando una marca de carmín nota
del sentimiento comprensivo que inundó mi cuerpo. Al mismo tiempo el miedo
irrumpió mi mente por lo ocurrido y con la escusa de la mancha desaparecí de la
habitación.
Frente al espejo del baño arrebaté el pigmento carmesí de
mis labios, inspiré hondo y regresé al salón con un pañuelo de papel en la
mano. Él seguía de pie con el torso descubierto liquidando la última cerveza
que nos quedaba. Con la mirada baja me acerqué a su espalda, humedecí el
pañuelo con un poco de saliva e intenté sacar la mácula. Cuando ya lo había
conseguido, se dio la vuelta y me replico que quería ver la mía.
Sin oponerme me di la vuelta y me recogí el pelo hacía un
lado. Comenzó a soltarme los enganches del vestido a la vez que acariciaba la
piel desnuda, recreándose en cada curva. La tersa tela del vestido se deslizó por mi
cuerpo descubriendo completamente mi figura. Sus manos se apoderaron de mi
cintura, a la vez que sus labios se adueñaban de mi cuello.
Nuestros cálidos cuerpos comenzaron a rozarse, mientras la
piel se erizaba al paso de cada caricia. Suavemente sin dejar de rodear mi
cintura me di la vuelta para poder saborearle. Deslicé la lengua por mis
labios, seguidamente de un suave mordisco. Su boca se entreabrió con una
sonrisa pícara mientras desataba los lazos negros de mi ropa interior. A la vez
que deslizaba las manos por el interior de la tela negra comenzó a acercarme a
él. Podía notar su respiración, su corazón acelerado, el olor embriagador de su
piel, podía notarlo todo. Agarrándome fuertemente las nalgas hizo que mi cuerpo
se tensara.
- Esta noche serás toda mía. - Gruñó antes de morderme el
labio inferior.
Un suave gemido atravesó mis labios. Las manos desnudaban su
piel. El calor aumentaba, mientras la ropa descendía. Solo arropados por un
manta, nuestros cuerpos entrelazados, se degustaban por encima de la cobertura
de la alfombra.
miércoles, 20 de febrero de 2013
MUSICO
Lienzo blanco, que despide delicadeza y calidez al mismo
tiempo. En el cual despuntan ciertos matices rosados en las mejillas y unos
ojos verdes manchados por la inexperiencia. Una silueta descansa en la fina
arena mientras se funde con la dulce melodía que envuelve su piel. La cual
acaricia su cuerpo inexplorado, desde la punta de sus dedos hasta sus lascivos
labios impregnados de sensualidad y carmín. Un hilo de humo blanco se desliza
entre una sonrisa tímida mezclándose con el tierno rumor de las olas,
acompañado de unas dulces palabras que desvelan su delicada voz. Unos ojos negros camuflados bajo unas grandes
gafas de montura azabache contemplan la escena con cierto deseo. Sus manos
asiaban una guitarra con remaches negros
que desprendía una melodía rasgada que adormecía el ambiente al son de los
sentimientos.
El brebaje embotellado descansaba junto a la ropa llena de arena e impregnada de su olor. El alumbre medio consumido podía contemplar esas dos esencias incompletas en el agua, que ahora estaban integras fundidas bajo el agua, ahora separadas en la superficie en ese mar de sensaciones. Las olas arropaban sus cuerpos deslizantes en la orilla mientras de su interior emanaba un ardiente placer. La piel tersa y brillante por las gotas que resbalaban por la espalda estaba siendo colmada de besos y leves mordiscos. Desde el tobillo, ascendiendo suavemente por el interior de la pierna, a la vez que esos ojos cristalinos reflejaban el éxtasis del momento. Mientras se tornaban a la vez que un lánguido gemido floreció entre sus labios. Los brazos extendidos, arañando la arena, mordiendo la carne, el calor que despiden sus cuerpos se mezcla con los jadeos profundos provenientes del interior de su ser. Haciendo huella en la arena, dibujando formas en la piel desnuda, los cuerpos estremecidos en una espiral de disfrute, culminada en un desenfreno voraz.
Lentamente
ella con el rostro iluminado se situó junto a él, deslizando su mano en busca
de calor. La pequeña hoguera humeante que antes se encontraba entre ellos
alumbra sus movimientos seductores, matizando su silueta entallada en un
vestido vaporoso de color crema. Silenciosamente aproximó sus tiernos labios al
oído de la figura del solista y unas fugaces palabras como estrellas del cielo,
cruzaron en el aire rompiendo la invariable melodía rasgada. Finalizando el
gesto con una sonrisa pícara.
Ella
comenzó a deslizarse ligera como una pluma hacia la orilla. Sus movimientos
parecían danzar en una melodía armoniosa mientras la luz de la luna bañaba su
piel. Con sigilo las rudas manos de él posaron la guitarra muda en la arena y
se aproximó a la silueta luminosa que contemplaba el compás de las olas. Suavemente
empezó a soltar los tirantes de aquel vestido a la vez que rozaba con los
labios los sedosos hombros. Esos hombros inmóviles, moteados de lunares. Sin
ninguna respuesta , se dispuso a ascender por el delicado cuello con una cálida
caricia.
-
¿Quieres que te lleve a ver las estrellas? - Le susurró mientras recogía su
cintura entre sus brazos en un osado abrazo. El brebaje embotellado descansaba junto a la ropa llena de arena e impregnada de su olor. El alumbre medio consumido podía contemplar esas dos esencias incompletas en el agua, que ahora estaban integras fundidas bajo el agua, ahora separadas en la superficie en ese mar de sensaciones. Las olas arropaban sus cuerpos deslizantes en la orilla mientras de su interior emanaba un ardiente placer. La piel tersa y brillante por las gotas que resbalaban por la espalda estaba siendo colmada de besos y leves mordiscos. Desde el tobillo, ascendiendo suavemente por el interior de la pierna, a la vez que esos ojos cristalinos reflejaban el éxtasis del momento. Mientras se tornaban a la vez que un lánguido gemido floreció entre sus labios. Los brazos extendidos, arañando la arena, mordiendo la carne, el calor que despiden sus cuerpos se mezcla con los jadeos profundos provenientes del interior de su ser. Haciendo huella en la arena, dibujando formas en la piel desnuda, los cuerpos estremecidos en una espiral de disfrute, culminada en un desenfreno voraz.
Sus
almas, ahora completas, naufragan en las idílicas costas del placer. Abrumadas
por las sensaciones, confusas por los sentimientos, complacientes por el sueño
hecho realidad.
Son las
siete de la mañana y el despertador taladra mis oídos haciendo desvanecer lo
que antes parecía pura realidad y ahora solo sueño. La habitación esta oscura,
pero aun así al incorporarme como cada mañana, puedo ver reflejada mi silueta
en los grandes espejos que cubren la pared.
Durante unos instantes, mis ojos ciegan a mi cerebro y no consigo
reconocer las figuras. Poco a poco me
doy cuenta de mi aspecto. Aun sigo con esa camiseta vieja y grande de mi padre,
tal es su tamaño que prescindo de pantalones a la hora de dormir. Mi pelo está
revuelto, más que te costumbre, pero todo aquel que me conozca no ha de
extrañarse. Noto la garganta seca, otra vez he vuelto a dormir con la boca
abierta y la almohada me ha dejado en la mejilla la señal del plácido sueño
sobre ella. Tanteo con la mano entre las sabanas, en busca de mis grandes gafas negras, ya que
anoche me volví a quedar dormida leyendo. Aquel libro. Ese libro que tanto me
marcó, que más de cuatro veces había leído y cuan identificada me sentía con
él.
Los
crujidos de los muelles al levantarme no son nada con el sonido que hacen mis
oxidados huesos al moverme. Avanzo lentamente, por el corto pasillo, vuelvo a
ver mi reflejo en el espejo del recibidor y retiro la cortina para entrar en la
cocina. Es el momento en el que me pregunto por qué tendré tantos espejos en
casa, en los cuales siempre acabo mirándome. Y sobre todo me pregunto por qué
aun no arreglé la maldita ventana de la cocina. Que ya estando en noviembre el
frio se cuela por las rendijas de la misma y hacen que mis pies descalzos se
estremezcan cada vez que piso una baldosa.
miércoles, 12 de diciembre de 2012
JAZZ
Con el cuerpo hundido en el sofá, entre cojines. Un leve
aroma a vainilla, mi alma despega. La mente vuela entre el humo del cigarrillo
ya consumido. Como el tiempo, voraz y sin pausa consume a las personas. Los
pies fríos crujen con un ligero movimiento de tobillo. El bolígrafo baila entre
los dedos invocando a la perdida inspiración que tiempo atrás acompañaba mis
momentos y letras.
La sensación de paz adormila mis sentidos, un suspiro sonoro
rasga el equilibrio de la estancia. Con los ojos cerrados reconozco sombras y
formas abstractas que se difuminan a cada movimiento del ojo. Los aromas se
acentúan y puedo reconocer el olor a libro viejo, el cual descansa sobre mi
pecho.
Al incorporarme mi cuerpo se resiente. Los blandos cojines
aun hacen flotar mis extremidades. Cuando abro los ojos observo una gran gama
de colores que danzan a la par que mis pestañas. Vuelvo a reconocer la habitación en la que me encuentro. Los muebles un tanto anticuados y varias velas alumbrando la estancia. Al alargar la mano recojo el tazón lleno de té. El disco ha terminado, por ello me levanto y arrastro los pies hacia una esquina del salón. Vuelvo a colocar el disco y la suave música de un saxofón comienza a invadir el aire que me rodea.
Otra vez mi cuerpo inerte sobre esa nube de plumas no articula movimiento alguno, en cambio mis pensamientos danzan al compas de esta música negra.
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