Con el cuerpo hundido en el sofá, entre cojines. Un leve
aroma a vainilla, mi alma despega. La mente vuela entre el humo del cigarrillo
ya consumido. Como el tiempo, voraz y sin pausa consume a las personas. Los
pies fríos crujen con un ligero movimiento de tobillo. El bolígrafo baila entre
los dedos invocando a la perdida inspiración que tiempo atrás acompañaba mis
momentos y letras.
La sensación de paz adormila mis sentidos, un suspiro sonoro
rasga el equilibrio de la estancia. Con los ojos cerrados reconozco sombras y
formas abstractas que se difuminan a cada movimiento del ojo. Los aromas se
acentúan y puedo reconocer el olor a libro viejo, el cual descansa sobre mi
pecho.
Al incorporarme mi cuerpo se resiente. Los blandos cojines
aun hacen flotar mis extremidades. Cuando abro los ojos observo una gran gama
de colores que danzan a la par que mis pestañas. Vuelvo a reconocer la habitación en la que me encuentro. Los muebles un tanto anticuados y varias velas alumbrando la estancia. Al alargar la mano recojo el tazón lleno de té. El disco ha terminado, por ello me levanto y arrastro los pies hacia una esquina del salón. Vuelvo a colocar el disco y la suave música de un saxofón comienza a invadir el aire que me rodea.
Otra vez mi cuerpo inerte sobre esa nube de plumas no articula movimiento alguno, en cambio mis pensamientos danzan al compas de esta música negra.
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