Hoy es 17 de junio y estoy en el metro porque hoy es el día
que vuelvo a casa de mis padres después de una semana estudiando. Se me hace
curioso el cambio de ritmo de vida que me supone volver a casa. Como un mundo
construido por mis propias manos se cambia por uno construido por ellos dos
juntos. Y eso me lleva a plantearme la idea de observar.
La gente que ahora mismo me rodea de diferentes sexos y
razas son un mundo. Un mundo construido por su propio esfuerzo. Los mundos se
relacionan entre sí, amistad, amor, son puentes entre estos mundos. Ya que al
odio le antecede el amor e igual con la enemistad y amistad, no puede haber un
contra sin un positivo anterior.
Un hombre con cachaba que muestra en sus ojos vidriosos un
alma cansada pero llena de experiencia. Un cuerpo tan débil para una mente tan
poderosa. Un niño pequeño aferrado al brazo de su padre, como si un guardián
fuera. Su mirada ingenua analiza cada
movimiento y recoveco del vagón, mostrando un gesto de interrogante propio de
los niños de corta edad. Una mujer engalanada, con colores llamativos, desliza con
su ajada voz en el cargado ambiente subterráneo, aduladoras palabras sobre un
cuadro nuevo en el museo. Mientras observa a una mujer joven vestida de forma
desaliñada. Con prendas aconjuntadas, que grita mientras habla por teléfono y
aprieta la mandíbula. Una pareja, una niña, una familia, un hombre solitario,
etc.
Todo esto me lleva a pensar que todas estas personas tienen
su mundo, relacionado con terceros. Pero por el mero hecho de estar ahora mismo
en el metro están relacionadas. Por el mero hecho de estar ahora mismo en el
metro , están relacionadas con mi mundo.
Mi mundo completo y vacio con ellas y sin ellas.