El frio del invierno envolvía cada calle, cada casa, a cada
persona. Las calles estaban repletas de gente, las casas llenas de adornos y
las personas rebosantes de fingida alegría. La casa se encontraba en una de las
calles oblicuas a una de las plazas principales. Estaba al final de una
arboleda tristona, árboles desnudos y fríos, que creaban sombras chinescas con
ayuda de las farolas. No era ni suya ni mía. Ambos andábamos algo distantes. En
ningún momento un roce descuidado se interpuso entre nosotros. Aparte de la
tensión, podía notar el horrible frío que se colaba por mi bufanda y hacía que
mi nariz enrojeciera. Casi no había palabras que decir, mentiras que desmentir
o verdades que afirmar. Era incomodo.
Al entrar un aroma a pintura golpeó mi nariz. Venia en una
ráfaga de aire caliente, creada por la chimenea encendida del interior. Era
llamativa, decorada tristemente con un par de marcos de fotos y un calcetín
colgando. Cuando me acerqué a ella, me di cuenta de que era falsa. Una pantalla
mostraba siempre la misma imagen de un fuego encendido. Pensé que era una buena
réplica, pero que preferiría una de verdad. Abstraída observando la pésima
decoración del piso me di cuenta de que él no estaba en el salón. Pasaron cinco
minutos, aunque a mí me parecieron segundos y el apareció por la puerta de la
cocina con un pack de cervezas oscuras. Yo aun no me había quitado la gran
bufanda negra, ni la larga gabardina de color beige.
Pasó al lado mío, inspirando profundamente arrancándome el
perfume que emanaba de mi piel. Posó las latas, se sentó en el suelo y comenzó
a atravesarme con la mirada. No me había movido ni un solo milímetro, no sabía
si sentarme con él, quedarme de pie, desnudarme y tumbarme en el viejo sofá, se
me pasaban múltiples opciones por la cabeza. Antes de que hiciera una locura,
el se anticipó invitándome a sentarme con él. Había elegido el mejor sitio del
salón, al menos para mí. Era un pequeño balcón con grandes ventanas que tenia
forma semicircular. Estaba adornado con grandes cortinas blancas que llegaban
hasta el suelo, y hacían que la luz que entraba por la ventana se volviera
clara y pura. A los pies de la cortina había una gran variedad de cojines,
tanto mullidos como coloridos. Una gran alfombra cubria completamente el suelo,
el tacto era agradable, hacia cosquillas en la piel, daban ganas de tumbarse y
fundirse con la textura.
Me acerqué al sofá, me quité los zapatos y la bufanda.
Desabotoné lentamente la gabardina, ya que aun mis dedos no habían recuperado
la capacidad de movimiento a causa del frio de la calle. Salió a la luz un
vestido de encaje, ceñido hasta la cintura, de un color rosa pálido. De una
apariencia transparente, mostrando detalles de mi piel, adornado con un fino
colgante dorado. Cuando me di la vuelta, esos ojos fijados antes en mi, que atravesaban
mi cuerpo, ahora estaban clavados en el vestido. Atravesando la tela.
Comenzamos a beber cerveza, mientras comentábamos los viajes
que siempre hemos querido realizar. Nuestras palabras volaron por el globo terráqueo
hasta aterrizar en una pequeña ciudad del norte de Noruega. Siempre he querido
pasar unos días en una cabaña de los bosques que colindan con el polo norte. Y
poder contemplar los colores de la aurora boreal en un paisaje nevado. Cuando
nos dimos cuenta habían pasado más de las doce de la noche y la estancia solo
estaba iluminada por una lámpara de pie al otro lado de la habitación. Ahora la
luz era cálida y difusa, que impregnaba nuestro cuerpo de ingrávidas sombras.
De repente mi cuerpo se erguió antes que mi mente
reaccionara, callando las palabras de él y creando un revelador gesto de
asombro en su rostro. Antes de que me pudiera dar cuenta estaba musitando las
palabras "quiero ver tu espalda" sin venir a cuento alguno. La razón por la que lo dije no era precisa,
pero me justifiqué alegando una anterior conversación sobre un tatuaje en su
espalda y una escalofriante cicatriz en el omóplato. Con una sonrisa
complaciente se incorporó y extendió el brazo para ayudarme a levantarme. Sin
decir nada se quitó la camiseta y pude ver el curioso tatuaje de la espalda.
Era la silueta negra de un hombre inclinado hacia atrás con la figura de una
guitarra atravesándole el pecho. Pero no era nada comparable con la
estremecedora cicatriz que le atravesaba el omóplato derecho. Deslicé la yema
de mis dedos desde la base de la nuca, serpenteando por la columna vertebral.
Volví a subir suavemente, para terminar rozando la enorme cicatriz.
Instintivamente mis labios besaron su hombro, dejando una marca de carmín nota
del sentimiento comprensivo que inundó mi cuerpo. Al mismo tiempo el miedo
irrumpió mi mente por lo ocurrido y con la escusa de la mancha desaparecí de la
habitación.
Frente al espejo del baño arrebaté el pigmento carmesí de
mis labios, inspiré hondo y regresé al salón con un pañuelo de papel en la
mano. Él seguía de pie con el torso descubierto liquidando la última cerveza
que nos quedaba. Con la mirada baja me acerqué a su espalda, humedecí el
pañuelo con un poco de saliva e intenté sacar la mácula. Cuando ya lo había
conseguido, se dio la vuelta y me replico que quería ver la mía.
Sin oponerme me di la vuelta y me recogí el pelo hacía un
lado. Comenzó a soltarme los enganches del vestido a la vez que acariciaba la
piel desnuda, recreándose en cada curva. La tersa tela del vestido se deslizó por mi
cuerpo descubriendo completamente mi figura. Sus manos se apoderaron de mi
cintura, a la vez que sus labios se adueñaban de mi cuello.
Nuestros cálidos cuerpos comenzaron a rozarse, mientras la
piel se erizaba al paso de cada caricia. Suavemente sin dejar de rodear mi
cintura me di la vuelta para poder saborearle. Deslicé la lengua por mis
labios, seguidamente de un suave mordisco. Su boca se entreabrió con una
sonrisa pícara mientras desataba los lazos negros de mi ropa interior. A la vez
que deslizaba las manos por el interior de la tela negra comenzó a acercarme a
él. Podía notar su respiración, su corazón acelerado, el olor embriagador de su
piel, podía notarlo todo. Agarrándome fuertemente las nalgas hizo que mi cuerpo
se tensara.
- Esta noche serás toda mía. - Gruñó antes de morderme el
labio inferior.
Un suave gemido atravesó mis labios. Las manos desnudaban su
piel. El calor aumentaba, mientras la ropa descendía. Solo arropados por un
manta, nuestros cuerpos entrelazados, se degustaban por encima de la cobertura
de la alfombra.