viernes, 28 de junio de 2013

UN UNIVERSO INFINITO. UNA INFINIDAD DE UNIVERSOS.

Hoy es 17 de junio y estoy en el metro porque hoy es el día que vuelvo a casa de mis padres después de una semana estudiando. Se me hace curioso el cambio de ritmo de vida que me supone volver a casa. Como un mundo construido por mis propias manos se cambia por uno construido por ellos dos juntos. Y eso me lleva a plantearme la idea de observar.
La gente que ahora mismo me rodea de diferentes sexos y razas son un mundo. Un mundo construido por su propio esfuerzo. Los mundos se relacionan entre sí, amistad, amor, son puentes entre estos mundos. Ya que al odio le antecede el amor e igual con la enemistad y amistad, no puede haber un contra sin un positivo anterior.
Un hombre con cachaba que muestra en sus ojos vidriosos un alma cansada pero llena de experiencia. Un cuerpo tan débil para una mente tan poderosa. Un niño pequeño aferrado al brazo de su padre, como si un guardián fuera.  Su mirada ingenua analiza cada movimiento y recoveco del vagón, mostrando un gesto de interrogante propio de los niños de corta edad. Una mujer engalanada, con colores llamativos, desliza con su ajada voz en el cargado ambiente subterráneo, aduladoras palabras sobre un cuadro nuevo en el museo. Mientras observa a una mujer joven vestida de forma desaliñada. Con prendas aconjuntadas, que grita mientras habla por teléfono y aprieta la mandíbula. Una pareja, una niña, una familia, un hombre solitario, etc.
Todo esto me lleva a pensar que todas estas personas tienen su mundo, relacionado con terceros. Pero por el mero hecho de estar ahora mismo en el metro están relacionadas. Por el mero hecho de estar ahora mismo en el metro , están relacionadas con mi mundo.

Mi mundo completo y vacio con ellas y sin ellas. 

martes, 14 de mayo de 2013

Café. Solo café.


Suavemente el amargo néctar de color del ébano era consumido, manteniendo su cálida esencia humeante, atrapada en una cárcel de cerámica violeta. Los ojos de la vida, protegidos con una montura gruesa negra la cual se empañaba a cada sorbo. Uno de los tirantes de la camiseta se deslizaba por la suavidad del hombro. Los tristes rayos de sol de la mañana formaban leves destellos en su rostro, mientras con los ojos cerrados intentaba absorber cada brizna de calor exenta en su insatisfecha rutina. Un inesperado sonido, imitando a una burbuja de aire reventando al escaparse al llegar a la superficie del agua rompe el ritual de cada mañana. Creando una tibia sonrisa tras el ardiente brebaje casi consumido.
***
La fría bebida danzaba en un ajado recipiente, acompasada por una cucharilla, creando una melodía que con los movimientos de la mano adormían el ambiente. Las latas metálicas ya vacías, descansaban en el escritorio cubriendo gran parte de él. La oscuridad de la habitación se desvanecía con haces de luz que se colaban por las rendijas de la persiana. Dejando ver un caótico desorden complementado por una cama desecha y una silla escondida bajo cientos de prendas de ropa. Un caos manifestante de una carencia de tiempo y una ausencia de inspiración. 

lunes, 15 de abril de 2013

METRO


Llevo tres días enganchada a un libro de apenas 400 páginas, las cuales devoro a todas horas. Ha sido un préstamo de una amiga de clase. Había oído maravillas de este libro que está escrito en forma de diario, palabras dulces para un libro tan duro. Es la primera novela erótica que pasa por mis manos y a cada palabra me arrepiento más de no haber conocido este género antes.
La música para mí es un placer. Un orgasmo, una pequeña muerte. Ambos llenan la vida de todo tipo de personas. Aunque no lo soy, me creo una persona sencilla. Estos dos placeres colman mi día a día. No solo la música en forma de canción, con instrumentos y notas. No es necesaria tanta precisión. Puede ser igual que el sonido de la lluvia chocando contra la ventana una noche fría o el viento colándose entre las hojas de los árboles. Lo mismo sucede con los orgasmos. Todos lo llevamos al terreno carnal, pero no nos damos cuenta que los pequeños placeres de la vida, como un cálido abrazo o una cerveza fresca en una tarde calurosa nos crean una sensación, una chispa, un orgasmo.
En cuanto a los detalles minúsculos de la vida, soy fan de sus sensaciones. Viajar en metro o en tren es una de ellas. Tanto como hundir la mano entre granos de arroz o desempaquetar con sumo cuidado un vinilo antiquísimo. Hoy ha resultado la mezcla perfecta. Después de tanto trabajo durante la semana, me he dado el capricho de sentarme en el último vagón del metro, con una cálida música acústica de guitarra y un libro. Durante media hora no era yo. No era mi cuerpo. Solo eran mis ojos fulminando cada palabra, mis oídos relajados con los acordes y mi mente flotando en un mar de pensamientos. De vez en cuando mis labios participaban, tarareando una canción de amor, que al caso no venía. Por desgracia, mi abstracción era tal que me pase varias paradas de la mía y tuve que retroceder, esta vez sin ninguna distracción.
Había quedado con una amiga a las cinco de la tarde, y como no, yo llegaba tarde. Era una tarde soleada pero fría de noviembre. Yo iba entrelazada con una bufanda negra de lana gruesa y un gorro igual con un pompón en la punta. Parecía la oveja negra de la familia, o por lo menos que la había esquilado. Recorrimos las abarrotadas calles, hablando de todo un poco y deteniéndonos en cada tienda. Finalmente nos decidimos por un modesto café en una plaza abarrotada de niños. Adoro el café, pero esta vez iba con la idea de tomar algo distinto. Durante 10 minutos di vueltas a la carta buscando algo que me llamara la atención. Desistí y  tomé un cappuccino con canela. La sensación de la espuma sobre la comisura de los labios me hace recordar a los baños de espuma relajante con velas aromáticas que me daba en casa de mis padres. Y ese olor a canela y vainilla que desprendían la cantidad de velas que rodeaban la bañera.
Por el olor a café, las infusiones o la música de reaggue que sonaba en el local nuestra conversación se desvió hacia el tema astral. Compartimos experiencias, posturas de yoga, reflexiones de la vida y como no del sexo. Una conversación fluida y agradable, que cuando nos dimos cuenta se nos había pasado la tarde.
El yoga es algo que he practicado muy de vez en cuando. He asistido a clases y he leído montones de libros. El mundo de la relajación, el viaje de la mente, las sensaciones corporales, la flexibilidad de mi cuerpo. Cosas que he ido descubriendo más bien por mi cuenta. Hay un ejercicio que siempre he deseado hacer. El inconveniente es que me falta la pareja y la confianza. Con una mujer es lo mismo que con un hombre. Pero con una figura masculina puedo descubrir cosas nuevas. Este ejercicio, aunque muchos lo niegan, para mí está cargado de erotismo. Una base sumisa, en la que el hombre se encuentra relajado, sentado con los ojos cerrados. Ella, en este caso yo, voy diciendo cosas relajantes y el debe de imaginárselas. Cuando el punto de relajación raya la inconsciencia, con la yema de los dedos acaricio suavemente distintas partes del cuerpo. La piel de él se estremece al igual que su cuerpo. No solo por los brazos, las manos sino un leve escalofrío puede recorrer su espalda al sentir ese sencillo roce. El clímax del ejercicio se sitúa detrás de cada caricia. Cuando el cuerpo se pone en guardia al sentir el calor de mi piel deslizándose por la suya y acto seguido se relaja, creando una distensión de los músculos. A veces paz, otras excitación recorren el cuerpo de cualquiera.
He vuelto a casa en metro. Pero esta vez me he fijado bien en no saltarme mi parada. Durante todo el viaje un chico de aproximadamente 30 años ha estado observándome mientras leía. De vez en cuando me retocaba el pelo con la escusa de levantar la vista y cruzar miradas intensas con él. Ni un roce, ni una sonrisa, ni una palabra, solo miradas. Dentro de mí crecía una inquietante impresión. Todo terminó en el momento que llegó el vagón a mi parada y tuve que apearme.
Con el libro bajo el brazo, exhalando denso vaho me dispuse a entrar en la librería de mi calle para solicitar el mismo libro que me estoy leyendo. Sé que suena a tontería, pero todo lo que leo me gusta poseerlo. No sé si dentro de mucho tiempo lo volveré a leer con los mismos ojos. Estaba cerrada. Cierta desilusión se sumó a las nimias miradas del metro. Subí a casa, arrastrando los pies. Cuatro pisos por una escalera sombría y vieja. Dejo las cosas sobre la cama, me recojo el pelo, me pongo mis gafas y me hundo en el sofá, tras servirme un gran vaso de agua. El no está. Hace semanas que no se de él. Últimamente en el amor no juego bien mis cartas. Mejor dicho nunca he tenido tales cartas. Siempre me ha surgido de improvisto y se va tal como ha venido. Sin darme tiempo a saber que estoy sintiendo. Mi recuerdo del amor es solo dolor, sudor y lágrimas. Su figura es efímera, pero a veces imprescindible. El cauto siempre sobrevive pero no me importaría robarle un beso ahora mismo. Acercar mis labios a los suyos, sentir el aire caliente que despide su boca, que empaña parte de los cristales de mis gafas. Pasear mi mano por su cuello, bajando por el pecho como una pluma, hasta rodear su torso colando mis brazos por dentro de su trenca. Que el roce de nuestros labios sea inminente, pero saborear la tensión anterior. Un leve contacto deje una marca roja de carmín  sobre sus labios.
Me gustan los retos, pero sé que es imposible. Así que me fundo con las páginas del libro, desconecto. Mis ojos empapados de alcohol, mi vaso lleno de lágrimas. 

jueves, 7 de marzo de 2013

La casa vieja.


El frio del invierno envolvía cada calle, cada casa, a cada persona. Las calles estaban repletas de gente, las casas llenas de adornos y las personas rebosantes de fingida alegría. La casa se encontraba en una de las calles oblicuas a una de las plazas principales. Estaba al final de una arboleda tristona, árboles desnudos y fríos, que creaban sombras chinescas con ayuda de las farolas. No era ni suya ni mía. Ambos andábamos algo distantes. En ningún momento un roce descuidado se interpuso entre nosotros. Aparte de la tensión, podía notar el horrible frío que se colaba por mi bufanda y hacía que mi nariz enrojeciera. Casi no había palabras que decir, mentiras que desmentir o verdades que afirmar. Era incomodo.
Al entrar un aroma a pintura golpeó mi nariz. Venia en una ráfaga de aire caliente, creada por la chimenea encendida del interior. Era llamativa, decorada tristemente con un par de marcos de fotos y un calcetín colgando. Cuando me acerqué a ella, me di cuenta de que era falsa. Una pantalla mostraba siempre la misma imagen de un fuego encendido. Pensé que era una buena réplica, pero que preferiría una de verdad. Abstraída observando la pésima decoración del piso me di cuenta de que él no estaba en el salón. Pasaron cinco minutos, aunque a mí me parecieron segundos y el apareció por la puerta de la cocina con un pack de cervezas oscuras. Yo aun no me había quitado la gran bufanda negra, ni la larga gabardina de color beige.
Pasó al lado mío, inspirando profundamente arrancándome el perfume que emanaba de mi piel. Posó las latas, se sentó en el suelo y comenzó a atravesarme con la mirada. No me había movido ni un solo milímetro, no sabía si sentarme con él, quedarme de pie, desnudarme y tumbarme en el viejo sofá, se me pasaban múltiples opciones por la cabeza. Antes de que hiciera una locura, el se anticipó invitándome a sentarme con él. Había elegido el mejor sitio del salón, al menos para mí. Era un pequeño balcón con grandes ventanas que tenia forma semicircular. Estaba adornado con grandes cortinas blancas que llegaban hasta el suelo, y hacían que la luz que entraba por la ventana se volviera clara y pura. A los pies de la cortina había una gran variedad de cojines, tanto mullidos como coloridos. Una gran alfombra cubria completamente el suelo, el tacto era agradable, hacia cosquillas en la piel, daban ganas de tumbarse y fundirse con la textura.
Me acerqué al sofá, me quité los zapatos y la bufanda. Desabotoné lentamente la gabardina, ya que aun mis dedos no habían recuperado la capacidad de movimiento a causa del frio de la calle. Salió a la luz un vestido de encaje, ceñido hasta la cintura, de un color rosa pálido. De una apariencia transparente, mostrando detalles de mi piel, adornado con un fino colgante dorado. Cuando me di la vuelta, esos ojos fijados antes en mi, que atravesaban mi cuerpo, ahora estaban clavados en el vestido. Atravesando la tela.
Comenzamos a beber cerveza, mientras comentábamos los viajes que siempre hemos querido realizar. Nuestras palabras volaron por el globo terráqueo hasta aterrizar en una pequeña ciudad del norte de Noruega. Siempre he querido pasar unos días en una cabaña de los bosques que colindan con el polo norte. Y poder contemplar los colores de la aurora boreal en un paisaje nevado. Cuando nos dimos cuenta habían pasado más de las doce de la noche y la estancia solo estaba iluminada por una lámpara de pie al otro lado de la habitación. Ahora la luz era cálida y difusa, que impregnaba nuestro cuerpo de ingrávidas sombras.
De repente mi cuerpo se erguió antes que mi mente reaccionara, callando las palabras de él y creando un revelador gesto de asombro en su rostro. Antes de que me pudiera dar cuenta estaba musitando las palabras "quiero ver tu espalda" sin venir a cuento alguno.  La razón por la que lo dije no era precisa, pero me justifiqué alegando una anterior conversación sobre un tatuaje en su espalda y una escalofriante cicatriz en el omóplato. Con una sonrisa complaciente se incorporó y extendió el brazo para ayudarme a levantarme. Sin decir nada se quitó la camiseta y pude ver el curioso tatuaje de la espalda. Era la silueta negra de un hombre inclinado hacia atrás con la figura de una guitarra atravesándole el pecho. Pero no era nada comparable con la estremecedora cicatriz que le atravesaba el omóplato derecho. Deslicé la yema de mis dedos desde la base de la nuca, serpenteando por la columna vertebral. Volví a subir suavemente, para terminar rozando la enorme cicatriz. Instintivamente mis labios besaron su hombro, dejando una marca de carmín nota del sentimiento comprensivo que inundó mi cuerpo. Al mismo tiempo el miedo irrumpió mi mente por lo ocurrido y con la escusa de la mancha desaparecí de la habitación.
Frente al espejo del baño arrebaté el pigmento carmesí de mis labios, inspiré hondo y regresé al salón con un pañuelo de papel en la mano. Él seguía de pie con el torso descubierto liquidando la última cerveza que nos quedaba. Con la mirada baja me acerqué a su espalda, humedecí el pañuelo con un poco de saliva e intenté sacar la mácula. Cuando ya lo había conseguido, se dio la vuelta y me replico que quería ver la mía.
Sin oponerme me di la vuelta y me recogí el pelo hacía un lado. Comenzó a soltarme los enganches del vestido a la vez que acariciaba la piel desnuda, recreándose en cada curva.  La tersa tela del vestido se deslizó por mi cuerpo descubriendo completamente mi figura. Sus manos se apoderaron de mi cintura, a la vez que sus labios se adueñaban de mi cuello.
Nuestros cálidos cuerpos comenzaron a rozarse, mientras la piel se erizaba al paso de cada caricia. Suavemente sin dejar de rodear mi cintura me di la vuelta para poder saborearle. Deslicé la lengua por mis labios, seguidamente de un suave mordisco. Su boca se entreabrió con una sonrisa pícara mientras desataba los lazos negros de mi ropa interior. A la vez que deslizaba las manos por el interior de la tela negra comenzó a acercarme a él. Podía notar su respiración, su corazón acelerado, el olor embriagador de su piel, podía notarlo todo. Agarrándome fuertemente las nalgas hizo que mi cuerpo se tensara.
- Esta noche serás toda mía. - Gruñó antes de morderme el labio inferior.
Un suave gemido atravesó mis labios. Las manos desnudaban su piel. El calor aumentaba, mientras la ropa descendía. Solo arropados por un manta, nuestros cuerpos entrelazados, se degustaban por encima de la cobertura de la alfombra.

miércoles, 20 de febrero de 2013

MUSICO

Lienzo blanco, que despide delicadeza y calidez al mismo tiempo. En el cual despuntan ciertos matices rosados en las mejillas y unos ojos verdes manchados por la inexperiencia. Una silueta descansa en la fina arena mientras se funde con la dulce melodía que envuelve su piel. La cual acaricia su cuerpo inexplorado, desde la punta de sus dedos hasta sus lascivos labios impregnados de sensualidad y carmín. Un hilo de humo blanco se desliza entre una sonrisa tímida mezclándose con el tierno rumor de las olas, acompañado de unas dulces palabras que desvelan su delicada voz.  Unos ojos negros camuflados bajo unas grandes gafas de montura azabache contemplan la escena con cierto deseo. Sus manos asiaban una  guitarra con remaches negros que desprendía una melodía rasgada que adormecía el ambiente al son de los sentimientos. 

Lentamente ella con el rostro iluminado se situó junto a él, deslizando su mano en busca de calor. La pequeña hoguera humeante que antes se encontraba entre ellos alumbra sus movimientos seductores, matizando su silueta entallada en un vestido vaporoso de color crema. Silenciosamente aproximó sus tiernos labios al oído de la figura del solista y unas fugaces palabras como estrellas del cielo, cruzaron en el aire rompiendo la invariable melodía rasgada. Finalizando el gesto con una sonrisa pícara.

Ella comenzó a deslizarse ligera como una pluma hacia la orilla. Sus movimientos parecían danzar en una melodía armoniosa mientras la luz de la luna bañaba su piel. Con sigilo las rudas manos de él posaron la guitarra muda en la arena y se aproximó a la silueta luminosa que contemplaba el compás de las olas. Suavemente empezó a soltar los tirantes de aquel vestido a la vez que rozaba con los labios los sedosos hombros. Esos hombros inmóviles, moteados de lunares. Sin ninguna respuesta , se dispuso a ascender por el delicado cuello con una cálida caricia.
- ¿Quieres que te lleve a ver las estrellas? - Le susurró mientras recogía su cintura entre sus brazos en un osado abrazo.
El brebaje embotellado descansaba junto a la ropa llena de arena e impregnada de su olor.  El alumbre medio consumido podía contemplar esas dos esencias incompletas en el agua, que ahora estaban integras fundidas bajo el agua, ahora separadas en la superficie en ese mar de sensaciones. Las olas arropaban sus cuerpos deslizantes en la orilla mientras de su interior emanaba un ardiente placer. La piel tersa y brillante por las gotas que resbalaban por la espalda estaba siendo colmada de besos y leves mordiscos. Desde el tobillo, ascendiendo suavemente por el interior de la pierna, a la vez que esos ojos cristalinos reflejaban el éxtasis del momento.  Mientras se tornaban a la vez que un lánguido gemido floreció entre sus labios. Los brazos extendidos, arañando la arena, mordiendo la carne, el calor que despiden sus cuerpos se mezcla con los jadeos profundos provenientes del interior de su ser. Haciendo huella en la arena, dibujando formas en la piel desnuda, los cuerpos estremecidos en una espiral de disfrute, culminada en un desenfreno voraz.

Sus almas, ahora completas, naufragan en las idílicas costas del placer. Abrumadas por las sensaciones, confusas por los sentimientos, complacientes por el sueño hecho realidad.

Son las siete de la mañana y el despertador taladra mis oídos haciendo desvanecer lo que antes parecía pura realidad y ahora solo sueño. La habitación esta oscura, pero aun así al incorporarme como cada mañana, puedo ver reflejada mi silueta en los grandes espejos que cubren la pared.  Durante unos instantes, mis ojos ciegan a mi cerebro y no consigo reconocer  las figuras. Poco a poco me doy cuenta de mi aspecto. Aun sigo con esa camiseta vieja y grande de mi padre, tal es su tamaño que prescindo de pantalones a la hora de dormir. Mi pelo está revuelto, más que te costumbre, pero todo aquel que me conozca no ha de extrañarse. Noto la garganta seca, otra vez he vuelto a dormir con la boca abierta y la almohada me ha dejado en la mejilla la señal del plácido sueño sobre ella. Tanteo con la mano entre las sabanas,  en busca de mis grandes gafas negras, ya que anoche me volví a quedar dormida leyendo. Aquel libro. Ese libro que tanto me marcó, que más de cuatro veces había leído y cuan identificada me sentía con él.

Los crujidos de los muelles al levantarme no son nada con el sonido que hacen mis oxidados huesos al moverme. Avanzo lentamente, por el corto pasillo, vuelvo a ver mi reflejo en el espejo del recibidor y retiro la cortina para entrar en la cocina. Es el momento en el que me pregunto por qué tendré tantos espejos en casa, en los cuales siempre acabo mirándome. Y sobre todo me pregunto por qué aun no arreglé la maldita ventana de la cocina. Que ya estando en noviembre el frio se cuela por las rendijas de la misma y hacen que mis pies descalzos se estremezcan cada vez que piso una baldosa.