Pasea lento el tiempo y nadie parecer verlo, cada cual está inmerso en el sentimiento de pérdida de momentos placenteros por vivir. Por sitios, en los que miles de personas han podido pasar en solo un par de horas. Un tiempo preciado que observa los escaparates y se pierde entre los ruidos y el humo de ese ambiente. Después de un largo camino entre esa jauría, ya no son personas, solo son seres enfurecidos o perdidos. Hora punta. Cientos de personas.
Una luz tenue y media fundida llama a gritos al tiempo. Con apuro, se aproxima a esa luz insignificante, medio tapada por la sombra de los grandes carteles de la calle principal.
Al acercarse admira el significado de esa luz. Era un cartel viejo, comido solo a medias por el oxido en el que se distinguía el nombre de lo que podía ser una tienda de relojes, “El reloj de arena”.
Al empujar la puerta un leve crujido agudiza sus oídos. Una sensación de calidez le recorre al traspasar el umbral y contemplar el interior.
Una vaga luz de velas alumbra la estancia. El olor a café y cera quemada enerva los sentidos. Un color sanguina desvaído, aleja el techo del suelo, las paredes se esconden por la cantidad de fotografías antiguas y cuadros expuestos. Tras el gran laberinto de sofás, butacas y mesitas, recorría de este a oeste una barra de color del ébano que se perdía entre los destellos de una cafetera que relucía como un amanecer
Buscando con la mirada, paso decidido hasta una butaca orejera perfecta para sentarse y acumular polvo. Entablando amistad con las arañas que le darán un aspecto envejecido y olvidado. En aquel asiento. En aquel sitio donde el tiempo no corre, el tiempo no vuela, solo el tiempo, se sienta y observa.
Desde su apartada atalaya, es cegado por los destellos de la puerta que al abrirse deja ver una fina silueta. Por unos instantes, a través del rayo de luz blanca se reconoce todas las motas de polvo que flotan en el local.
Deslizándose por el suelo, con un andar ligero se acerca a la barra y tras una breve conversación recoge una pila de libros y un tazón de café humeante.
Cargando sus tesoros, se aproxima hacia una mesita apartada, con las velas casi consumidas completamente. Apoya los libros en la mesa, se coloca levemente unas grandes gafas de montura negra, ahora un delicado beso a ese brebaje ardiente. Se prepara para iniciar su éxodo a un nuevo mundo, comenzando su camino con la primera hoja de uno de los libros.
***
Pasan los días, y ella devora los libros hasta la última letra. El tiempo la observa desde la butaca de enfrente. Tan inmóvil, como si fuera miedo lo que siente, por romper el delicado trance en el que ella se encuentra, envuelta entre tantas páginas. Tan frágil como las telas de araña que a él le arropan.
Por su mesa han pasado infinidad de libros. Ahora, en este justo momento del tiempo, acaba de terminar el último libro que ha llegado a sus manos. Es extraño, ya que solo son las siete y treinta y tres de la tarde y quedan veintisiete minutos para que, como siempre traspase el umbral de la cafetería y no vuelva a aparecer hasta el día siguiente a la misma hora.
Los posos, al fondo del gran tazón morado que sostiene en la mano derecha retozan en las últimas gotas de café.
Levanta la vista del montón de hojas concluidas y se disipan las últimas palabras en la tenue oscuridad. Una figura extravagante, llama la atención de ella mientras se quita las gafas.
Faltan trece minutos para las ocho de esta tarde, y lo único que ocupa su tiempo es el análisis minucioso al que esta sometiendo a ese desconocido y atrayente individuo. Acaso con ese análisis piensa confirmar que de una materia desconocida para ella pueda crear una obra de arte a su medida. Acaso resaltar las curvas, limar asperezas, moldear el interior, pulir el exterior.
Durante esa semana, procura engullir con más rapidez los libros. Dejando unos minutos, para poder observar a ese cercano desconocido.
***
- Hola, tiempo.
- ¿Tiempo? –Contesta ella.
- Tiempo el que llevo observándote. ¿Puedo sentarme?
***
Es un sentimiento de confianza lo que les rodeaba mientras intercambiaban un río de palabras que fluían mezclándose y desembocando en una realidad, formando un mar de dudas.
Sentado en esa butaca polvorienta, ya no es un desconocido ahora es su compañero de mesa Y un amigo cauto que espera acontecimientos antes de tomar decisiones
Esos que no sobran, como los libros de la estantería más alta y polvorienta y las flores y el sol.
Ya son las diez, y no era su costumbre estar allí pero no se había desaprovechado nada en absoluto. No se había perdido, no había transcurrido en vano ese tiempo de más.
***
- Tiempo- susurra ella.
- ¿Tiempo?
- Tiempo, es el que me falta para sentirme completa. –responde con pena.
- Hazlo. Inténtalo. – Sentencia desde la butaca, Sabiendo, pero sin saber. Queriendo pero sin querer
***
Cada minuto se vuelve preciado. Cada momento, es el momento.
Los libros se apilan en una esquina, aguardando que ella les salve del olvido, abriendo sus páginas y enamorándose de su contenido. El único hilo que les unía, era el calor que desprendía la cafetera, el olor a café que se desparrama en el tiempo.
Es un bucle de palabras. Palabras que evitan el silencio. Palabras que cambian un vacio incomodo por una pregunta inesperada.
¿Es tan difícil? Las Palabras rozan los oídos de ella, a la vez que el humeante café empaña sus gafas. Yo te guiaré.
Momentáneamente desconcertada, siente una laxitud desconocida y placentera .Al cabo, una fuerza vital, la empuja hacia delante.
- Preferiría que me hubieras preguntado por mi diario. Es un lugar en donde todas las páginas que están escritas no tienen lagunas vacías. Reflejan una vida ajetreada. donde todo se inventa. Donde se ríe y se llora sin verdad absoluta. Donde las que no están escritas suscitan temor.
- Tienes 21 años. ¿Cuánto llevas conmigo? Realmente llevo 21 años contigo y aun no hemos hablado de ellos.
Por primera vez, un silencio cortó el fluido y calido ambiente que se formaba alrededor de sus conversaciones.
***
- Tengo un ligero rastro de ellos. Simples trazos en un lienzo. Dos redondeles verde esmeralda de acrílico, mezclado con una gama rojiza que me apasionaba contemplar. Unidos como los movimientos de la mano y el pincel, armoniosamente La paleta, en donde mezclar los colores, sentimientos y acciones, impide que se termine el cuadro con facilidad.
Mientras hablaba, con la mano hacia leves giros de muñeca, como si estuviera sosteniendo un pincel. A ratos con la suavidad de la inexperiencia, a ratos con la seguridad del que sabe lo que quiere. Con un sentimiento, una fuerza, como si al final de un cincel se tratara. Cincel que esculpe su día a día. La búsqueda de un material dúctil, cariñoso, seguro, resistente, maleable. Material, que comparte con el cincel, la prolongación de la mano.
- El tiempo pasa, y los momentos y las personas se quedan grabados como la luz en un papel de fotografía.
Sus recuerdos fotográficos. Como inusualmente se le ilumina el rostro al recordar la gama de grises que formaban las arrugas de él al reírse. Esa delicadeza, ese trato. Esa mirada bajo la luz roja, del amor o de un laboratorio de fotografía.
***
- Aunque no lo creas, ya ha pasado medio año. Pronto cumplirás una nueva cifra. Pero aun no me has dicho cual es el verdadero amante. - Le interrumpe el tiempo, de ese monologo sentimental en el que se introduce ella todos los días tras el primer sorbo de café.
Ella baja la cabeza, se coloca las gafas. Desliza la mano por dentro de su mochila de cuero hasta palpar algo. Con una sonrisa de medio lado, le entrega un libro verde con remates negros. Deja un billete en la mesa. Enrolla su bufanda y sale por la puerta. Sin dar tiempo a nada. Sin críticas, sin quejas, sin palabras. Son las ocho en punto de esta tarde.
Ya no hay arañas, ya no hay polvo. Ni libros acogidos por el calor de la cafetera, ni posos en el tazón morado. ¿El tiempo se desvanece? Cuando lo necesitas, solo permanece.
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